Especial: #NoSomosLosMismos

Tres valles en confinamiento

Crossmedia Lab
Escrito por Crossmedia Lab

Por: Karen Forero & María Fernanda Ramírez

CrossmediaLab – Universidad Jorge Tadeo Lozano

Esta es la cotidianidad de tres valles cundinamarqueses en tiempos de la Covid-19. Tres valles que basan su economía en la ganadería, la agricultura y el comercio. Tres valles que, en sus orígenes, fueron resguardos indígenas muiscas.

Ubaté:

Ubaté: Deriva de la palabra muisca Ebaté: quiere decir «Granero» o «Semillero del Boquerón», aunque otras versiones afirman que Ebaté traduce «sangre derramada» o «tierra ensangrentada».
Luis Javier Murcia García.

Los maniquíes no tienen hambre

Don Luis Javier Murcia García es propietario de uno de los más de cien establecimientos comerciales ubicados sobre uno de los sectores más concurridos del municipio de Ubaté, como es la carrera Séptima. Sobre sus hombros hay más de 23 años de experiencia en las ventas textiles de una reconocida marca de ropa para jóvenes; las prendas que reposan sobre las flautas fijadas sobre de las paredes de su negocio llevan, aproximadamente, dos meses sin movimiento, la mercancía sigue siendo la misma, no ha cambiado y, por supuesto, sus posibles compradores ya no son los mismos de antes. Las personas que transitan por las aceras cruzan con grandes bolsas en la mano.

En su interior no hay prendas de vestir, pues no es lo que se requiere con urgencia en medio de una situación como la que se vive actualmente. Reabrir el comercio de almacenes de ropa en la ciudad de Ubaté, es solo un formalismo, pues en realidad son muy pocas las personas que ingresan a los almacenes, según una encuesta de la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco), aplicada en el mes de abril de 2020, la llegada de la Covid-19 al país ha provocado la disminución de las ventas en el sector comercial en una cifra porcentual aproximada al 81%.

Esta es la historia de varios de los comerciantes de prendas del valle de Ubaté, muchos de ellos como Luis Javier, que son cabeza de familia y tienen la preocupación de no saber cómo llevar alimentos a sus casas, pues, a diferencia de los maniquíes que adornan sus almacenes, ellos tienen deberes por los cuales cumplir.

Producir a pérdida

Élverth Amaya

La ganadería y el procesamiento de lácteos son actividades insignia del municipio de Ubaté. Su recesión, a causa de la Covid-19, no se ha presentado de manera significativa, pues los productos lácteos son considerados altamente perecederos y su manipulación debe ejecutarse en el menor tiempo posible.

Esta es una de las razones por las cuales las pequeñas y grandes fábricas de la región como Colfrance, Doña Leche, Parmalat, La Gaviota, Ubaleg, entre otras, no han cesado sus actividades y continúan abasteciendo de productos lácteos a las ciudades más grandes de la región, sin embargo, no han dejado de ser sectores afectados en la provincia producto de la pandemia.

Algunos de los problemas a los que se enfrenta el sector ganadero y lechero corresponden en gran medida a las alzas en los insumos veterinarios como purinas, medicamentos, sales y varios productos de vital importancia para la manutención del ganado. Este no es el único problema que, en tiempos de la Covid, enfrenta el sector lechero – ganadero en la villa, pues el comercio de ganado cada día se devalúa más.

Los ganaderos dedicados a la cría de ganado de engorde, como don Élverth Amaya, un técnico en ganadería dedicado desde hace más de catorce años a la labor, consideran que es costoso y poco rentable invertir en este tipo de negocios. Élverth, al igual que muchos ganaderos de “la capital lechera de Colombia”, inyectan altos presupuestos en la compra de pajillas para la inseminación de novillas y venden terneros por precios inferiores al precio de la pajilla.

La situación se agrava con el curso de la pandemia, y gran parte de las familias que residen en las zonas veredales de la provincia, siguen produciendo a pérdida.

Plaza Ricaurte en cuarentena, camino a la quiebra

Uno de los lugares más turísticos y visitados de la Villa de San Diego de Ubaté, es la Plaza de la gallina. Desde hace más de 70 años, en el emblemático lugar, 23 mujeres nativas de La Villa se dedican a preparar los platos típicos más característicos de la provincia, como lo son la tradicional gallina criolla, la carne de res a la llanera, las arepas de maíz y hasta las sopas que “levantan muertos”, como algunos de sus comensales les llaman; todo con el fin de dar a conocer el municipio no solo por su atractivo lechero, sino también por su particular gastronomía.

Estas mujeres han dedicado gran parte de su vida a deleitar a los comensales que visitan la turística plaza y que llegan de todas partes del país. Desde el 16 de marzo de 2020, la plaza, que recibía a más de mil visitantes al día, ha pausado sus actividades a causa de la Covid-19; restaurantes tradicionales como “La Chata”, “La Mona” y “La gorda Fabiola”, han tenido que reinventar sus formas de negocio producto de la pandemia, y buscar la formas de seguir llevando un sustento a su hogar procurando no contagiarse en el intento.

La plaza Ricaurte, remodelada hace menos de cinco años, ya no recibe a los centenares de visitantes que parquean sus vehículos desde las primeras horas de la mañana. Sus cocineras, mujeres humildes que han hecho del oficio un negocio familiar, trabajan ahora a puerta cerrada y algunas optaron por entregar los locales que por más de 30 años sirvieron de sustento y que hoy en día permanecen vacíos.

Los arriendos no daban espera y los domicilios no cubren los gastos de producción, es así como la pandemia no solo deja a la expectativa a algunas de las familias que laboraban en la Plaza Ricaurte, también se lleva tras de sí, años de un atractivo turístico y gastronómico del Valle de Ubaté.

Plaza de mercado, el negocio que no para aún en tiempos de la COVID-19

A las cuatro de la mañana inicia la labor campesina en las zonas veredales del municipio de Ubaté. El arado de la tierra, la erradicación de la maleza, la fumigación, el riego, si se requiere, y, por supuesto, la recolección, hacen parte de las labores rutinarias de los pocos campesinos que aún habitan y trabajan la tierra del Valle de Ubaté.

La papa, la cebolla, el maíz, el frijol, la arveja, la fresa y el tomate hacen parte de algunos de los productos que se cultivan y transportan a la plaza de mercado. Este lugar reúne, no solo campesinos y habitantes de la provincia, sino también de la Región Andina, desde Boyacá, Santander y el Distrito Capital, llegan cada viernes a la zona de descargue y, por supuesto, de negocio, productos agrícolas que esperan llegar a la mesa de los hogares ubatenses y de los diez municipios que conforman la provincia.

Dos meses después de que se implementó la cuarentena en todo el país, varios de los lugares de trabajo están vacíos, la mini plaza de la papa, ubicada dentro de la gran plaza de mercado, reporta que más del 70 % de sus ventas han bajado, algunos productos han incrementado, pues los campesinos son cada día más pocos y las ayudas del gobierno les llegan a “otros campesinos”, porque como afirman algunas de las mujeres cabeza de familia y vendedoras de vegetales en la plaza de mercado, solo les llegan las facturas de los préstamos y servicios cada mes.

Machetá:

Machetá: Deriva del muysc cubun (idioma muisca), y traduce «vuestra honrosa labranza». La palabra está formada por los vocablos muiscas ma, que es un prefijo de segunda persona que en este caso significa «vuestra», chie, que significa «honra»​ y ta, que significa «labranza», «huerta» o «sementera».

Más de dos meses en cuarentena

Era sábado 14 de marzo de 2020 y en las calles del pueblo ya se empezaba a incluir la palabra coronavirus en las conversaciones, ¿como algo importante?, quizás sí, pero más bien como algo lejano, pues esas personas que debatían sobre el tema en horas de la mañana, eran las mismas que a las seis de la tarde del mismo día, corrían de un lado a otro preparándose para los diferentes eventos que los esperaba esa noche, sin imaginar que sería la última fiesta o reunión a la que asistieron, y menos, que ese lunes 16 de marzo, sería la última vez en la que visualizaban a una Machetá con su plaza de mercado, plaza de ganado, locales y tiendas abiertas disponibles en sus horarios habituales para la comercialización de sus productos.

Pues al día siguiente, después de leer el decreto por el cual se toman medidas de contingencia frente a la pandemia del coronavirus para evitar su propagación, los almacenes fueron cerrando uno a uno y las entradas, tanto al casco urbano como a las veredas, fueron selladas. Si se tuviese que denominar de algún modo, no era más que Machetá “el pueblo fantasma”. Sin embargo, una semana después y hasta la fecha, se han reabierto los locales con ciertos lineamientos dados por la administración municipal, y para ingresar al casco urbano, solo está habilitada una única entrada.

El protocolo de seguridad que se realiza en la única entrada abierta al municipio es el siguiente: Se inicia con la desinfección de la parte exterior de los diferentes medios de transporte (carros, motos, camiones, bicicletas), después, el conductor realiza el lavado de las manos y seguido de esto se dispone para hacer el respectivo registro. Solo está permitido el ingreso de vehículos pertenecientes al pueblo (con excepción de los vehículos transportadores de alimentos) y solo se permite que vaya una persona en este.

Historias de vida en Machetá

Más dinero, menos tranquilidad

Yolima Melo, dueña del punto de servicios de mensajería y tecnológicos de Machetá.

Después de haber realizado la jornada matutina de limpieza y desinfección a su negocio, Yolima se prepara con sus tapabocas, guantes y gel antibacterial para abrir las puertas de su local al público; que desde las 8:00 de la mañana ya están con cajas, recibos, facturas, bolsas, sobres en mano, haciendo fila a lo largo del andén que comunica con el lado derecho del parque principal, y si se lo preguntan, sí, las personas llegan hasta allí, pues las filas alcanzan hasta los 30 metros de distancia. Por eso mismo, es uno de los pocos almacenes que no se ha visto afectado por la pandemia, pues Yolima dice que:

Sin embargo, y aunque su actividad económica no se vea afectada, su estado de ánimo sí lo hace, pues ella asegura que así como las ventas de su negocio suben, el estrés diariamente también lo hace, pues pasó de poder mostrar una sonrisa a sus clientes, a estar repitiendo cada cinco minutos las frases: “cuide la distancia, por favor”, “póngase bien el tapabocas”, “aplíquese el gel que está a su derecha”, “hoy no es su día de pico y cédula” y “solo atiendo hasta las tres de la tarde”.

“No me va a faltar qué comer en la mesa, porque gracias a Dios, vivo de la tierra”

Elizabeth Sanabria, campesina y miembro de la Asociación de Mujeres Rurales de Machetá.

A 50 minutos del pueblo, doña Elizabeth Sanabria comienza su día ordeñando las vacas, recogiendo los huevos y, por último, regando su cultivo de papa, brócoli y coliflor. Por un momento se detiene a pensar, y con una sonrisa en su rostro, concluye que lo que le ha dejado esta cuarentena, aparte de pérdidas, es el comer huevo, “como el que está loco”, agrega, pues la venta de estos ya no es la misma y ni se diga de los demás productos, pues doña Elizabeth relata que:

Sin embargo, esto no es motivo para que ella deje de abastecer al municipio de sus productos, pues cada viernes, en horas de la mañana, deja sus botas frente a la puerta de su casa a la espera de su regreso y coge camino rumbo al pueblo, con su morral de lana y canasta de productos entre sus manos. Al llegar al casco urbano, recorre una a una las calles tocando las puertas de las casas, donde anhela que venda hasta el último alimento que lleva en su canasta.

Al igual que ella, hay cientos de campesinos agricultores pasando por la misma situación, con la preocupación de no poder vender sus productos como normalmente lo hacían; es por eso que el Consejo de Mujeres, en cabeza de la presidenta Diana Montejo, creó una base de datos con cada uno de estos campesinos con el fin de ayudarlos a comercializar los productos que ofrecen, a través de las redes sociales o por WhatsApp, quedando contentos tanto los vendedores como los compradores y aliviando un poco la afectación económica de estos hogares campesinos.

Un lugar a la espera de sus clientes

Andrea Bernal, dueña del bar Gato Negro Pub.

Como ya era costumbre, a la 1:45 de la mañana, Andrea reproduce: “Esta es mi canción de despedida”, desalojando así el sitio. A las 2:00 a.m., cierra las puertas, sin pensar que esa canción, literalmente, iba a ser la despedida para sus clientes y la entrada a una gran espera, que hasta el momento, está pronta a llegar a los tres meses. Pero que no llegó solo con noches de descanso, sino también con meses sin ingresos, pues Andrea cuenta que:

Hablando en cifras, mensualmente, a Gato Negro Pub ingresaban entre 10 a 15 millones de pesos, de los cuales a Andrea, le quedaban el 35% de esas sumas. Empero, desde el sábado 17 de marzo, eso dejó de recibir, pues las puertas del negocio, desde ese día, han permanecido cerradas; las mesas, los sillones, la barra, la ventana y las bancas, ya no son testigos del baile de los viernes, de las desilusiones amorosas de los sábados, las alegrías o tristezas futbolísticas de los domingos y mucho menos de las historias o anécdotas que el día lunes llevaban los campesinos acerca de sus ventas.

Porque, en el decreto 749 del 28 de mayo de 2020, sigue la prohibición intacta sobre la apertura de los bares, por eso, a la dueña no le queda de otra que esperar la luz verde para reactivar su comercio. Los clientes hacen lo mismo, la fecha de vencimiento de los productos igual (tienen vida útil larga) y, por supuesto, que los enfriadores y neveras también dan espera para que sean surtidas nuevamente; lo que sí no da espera, es el pago de los servicios, ya que los recibos del bar llegan muy cumplidos mes a mes, y para evitar el corte, Andrea no tiene otra que sacar de sus ahorros y pagar; “solo me queda reinventarme como comerciante y hacer que “Gato” siga siendo el lugar favorito de muchos machetunos”, concluye Andrea Bernal.

Disminución de la economía en Machetá – Cifras

Fuente: Administración Municipal de Machetá

Venta ganado bovino y porcino

Pérdidas en un 100%, pues siguiendo los lineamientos del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA), la plaza de ganado debe permanecer cerrada hasta el 30 de agosto; esto ocasiona la pérdida de no menos de 800 a 1.000 millones de pesos que, mensualmente, ingresaban al municipio, pues el día lunes, día de mercado, se vendían entre 150 a 300 animales.

Venta de huevos

Perdida en un 40%​. Una cubeta, en promedio, valía entre 9.000 y 11.000 pesos, y quienes lograban llevarla a Bogotá la podían vender hasta en 14.000 pesos. Ahora, en confinamiento, solo hay una persona que hace la recolección de huevos de vereda en vereda logrando vender la cubeta en 7.000 pesos, mientras que los insumos como el concentrado para las gallinas van en ascenso, incrementando su precio en un 40%, pues un bulto que valía 52.000 pesos, hoy está costando hasta 70.000 mil pesos.

Venta de mercado

La plaza habitual cerró ¿Por qué?

Esta pequeña plaza está ubicada a 1.800 metros del casco urbano, con el fin de evitar el ingreso al municipio de 200 personas que, según el censo hecho por la Unidad Municipal de Asistencia Técnica, llegaban cada lunes desde distintos lugares del país, como el llano, el altiplano boyacense y la sabana, aunque esta cifra ha disminuido en un 70%.

Sector comercio

50/50: Droguerías, puntos de Internet, puntos de mensajería y panaderías son de los pocos negocios que no se han visto afectados en sus ingresos, de hecho, sus ventas incrementaron. Salones de belleza, restaurantes, papelerías, ferreterías y supermercados han perdido hasta el 50% de sus ventas.

A largo plazo:

Afectaciones: Machetá se verá afectada por la escasez de productos como las frutas de clima cálido, como la papaya, el melón y los cítricos. Está prohibido el ingreso de comerciantes que vengan de plazas de mercado como la de Abastos y/o Tunja, por temas de seguridad, pues tiene altos índices de COVID-19 en estos lugares.

Abastecimiento: Gracias a las diferentes charlas que se han tenido entre la alcaldía y los campesinos, estos últimos se han puesto a la tarea de ayudar al municipio para que no falten los alimentos; aunque esta época del año, no era época de siembra, en las diferentes veredas ya se empiezan a sembrar hortalizas y legumbres como el frijol, que a partir de 40 días, aproximadamente, ya estarán disponibles para la venta y consumo local generando un buen abastecimiento para lo que se viene relacionado con la COVID-19.

Fúquene:

Fúquene: Proviene de dos vocablos del muysc cubun (idioma muisca), Fo y Quyny, que quieren decir «lecho de la zorra» o «lecho del dios Fo, o Fu», a quien se le rendía culto en la isla grande de la laguna de Fúquene, que en época de la conquista española sirvió como refugio indígena.

Cuarentena en la tierra del Quyny

La ciudad pesebre de Colombia, es así como se conoce el municipio de Fúquene. Entre las verdes montañas, visibles desde cualquier parte del municipio, desde el vallado Madre, el Juan Bautista, en Tarabita, Guata, Nuevo Fúquene, El Peñón, en las riberas de fuentes hídricas que riegan los valles del Fu, se encuentran ganaderos, agricultores, artesanos y pescadores, hijos de los ancestros que le rendían culto a la naturaleza y de los que aún quedan unos resguardos en medio del clima de páramo y el silencio que prevalece sobre la tierra del Quyny.

Hoy, casi 500 años después de su fundación, el panorama es otro, los tapabocas cubriendo las sonrisas de sus habitantes se volvieron cotidianos, las tabernas de la vereda vacías, los bloqueos con escombros sobre las principales calles del municipio y las rutinas de vigilancia por parte de la policía y el ejército hacen parte del nuevo panorama de la inspección y del municipio; el saludo de mano ya no es una opción, la misa dominical y la visita a los ancestros, se hace desde la radio, emulando la omnipresencia, adaptándose a los tiempos de la COVID-19.

Ciro y César, emprendiendo en tiempos de la COVID-19

Ciro Ernesto Quiroga y César Alonso Páez son testimonio de que la cuarentena no solo deja desempleo y fallecidos a su paso, pues en medio de la dificultad, hallaron una forma de emprender. Ciro y César, dedicados la mayor parte de su vida a la labor de la ganadería, decidieron hacer uso de la herencia que sus padres les otorgaron en el sector veredal de Guata. Allí comprendieron la importancia y la rentabilidad que en este momento tiene la comercialización de alimentos, así que decidieron dejar las actividades ganaderas y dedicarse por completo al cultivo de papa, frijol y arveja. La rutina sigue siendo la misma, a las dos de la mañana ya se encuentran listos para dar inicio a las labores de riego y recolección de alimentos.

Las botas, el jean y el pasamontañas, manifiestan que algunas de las limitaciones con las que se encuentran para la ejecución de su labor corresponden a los incrementos en los insecticidas, además de la falta de regulación en los precios: “La gente le compra a uno al precio que le da la gana, eso es producir a pérdida”. Los comerciantes de los pequeños supermercados son quienes realmente perciben las ganancias de la venta de productos agrícolas. Según un informe emitido por el DANE en abril de 2020, el sector campesino corresponde al 43,6% de la población nacional, la cual se encuentra entre los 41 y 64 años, ¿cuál será el futuro del agro, sigue en manos de los jóvenes?

Jaime Rendón, la vida es la tierra, aún con la COVID-19

Jaime Rendón es agricultor y ganadero desde que tiene memoria, lo aprendió de sus padres, y a sus 64 años, aún recuerda con exactitud cada enseñanza. Inició la labor de manera formal e independiente hace 35 años, y hasta el día de hoy, no lo ha dejado. Las dinámicas han cambiado, de sus labores diarias ahora hacen parte sus hijos, nietos y hasta bisnietos, ¿la intención?, que al igual que él, su descendencia comprenda el valor de la tierra y el cuidado de la misma.

La vereda de Tarabita bajo, perteneciente al municipio de Fúquene, hace parte de la herencia de los Rendón y por más de tres generaciones surtió supermercados de veredas y pueblos del municipio con vegetales como cebolla, tomate, arveja, papa y hasta zanahoria, la calidad de la tierra está relacionada con la cercanía que tiene a la laguna de Fúquene, uno de los territorios más fértiles de la región. La aparición de la Covid en la región, a don Jaime, parece no preocuparle, afirma que “ no lo amerita, este pueblo siempre está solo”. Su esposa y su hija son las únicas preocupaciones que tiene, y lo poco que gana mientras cultiva lo dedica al sostenimiento de ellas. Reconoce que tras la llegada de la pandemia toma algunas medidas de protección, solicita sus insumos para cultivo y ganadería a domicilio, es más costoso, pero no lo queda de otra.

Cuando llega el tiempo de recolección, vende los cultivos, “a lo que le diga un comerciante, uno en eso no manda”. Asegura que ser agricultor, aún en tiempos de no pandemia, es una labor no rentable, pero de la que muchos necesitan para poder sobrevivir.

Sobre el autor

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El CrossmediaLab del Departamento de Comunicación Social y Cinematografía de la Universidad Jorge Tadeo Lozano es un laboratorio experimental de creación de contenidos convergentes y multiformatos que apuesta por procesos de formación creativos, colaborativos y alternativos realizados entre estudiantes y profesores de la Tadeo en asociación con instituciones públicas y privadas.

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